Hay un tiempo,
del tiempo peregrino,
y otro tiempo,
cansado, que murmura
que la vida no
es suma de aventuras
sino un
indiferente desatino.
Rompiendo los
cristales del destino
entre el tiempo
de estar, y el que perdura,
para ser, nada más,
una envoltura,
del curso
occidental que sobrevino.
Va el mundo en
su tránsito inviolable
confundiendo
las sombras de los talles,
desamparando
los trinos y los valles.
Flujo de
mansedumbre por las calles
como una
evasión indescifrable,
con su tono
formal y respetable.

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