Escritas al aire estaban
las señales,
Al borde del sueño,
anunciando la hora,
Pero el hombre
enceguecido en los umbrales
No vio el giro de la
rueda que devora.
Ni la lágrima que moja
los cristales,
Ni vio el paso de la
gesta usurpadora,
Blandiendo mentiras igual
que puñales
Y aplastando el tallo de
la flor que llora.
El invasor, hoy destripa
la estructura,
Asedia el aire, que es
casi pensamiento,
Sofoca la luz que tiñe el
descontento
Y arpa del árbol la
corteza más dura.
La razón del equilibrio
está, perdura,
Se instala en la memoria
del llamamiento.

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